¿Fueron las independencias revoluciones? El caso rioplatense.

(*) Por Facundo Lafit


El carácter revolucionario del proceso de independencias ha sido y sigue siendo un elemento central del debate que sobre el período han entablado historiadores de la más variopinta extracción teórica e ideológica en las últimas décadas. Utilizando argumentos diferentes, tanto desde el materialismo histórico como desde posiciones conservadoras, ha sido puesta en entredicho una ―verdad‖ de la que ni los propios protagonistas ni la mayoría de los primeros intérpretes aún en el s XIX se imaginaron siquiera dudar. Para tratar de responder el interrogante planteado en el título del ensayo, vamos a analizar los aspectos más sobresalientes del proceso tanto en el conjunto del mundo hispánico como en el Río de la Plata en particular, a la vez que haremos un somero relevamiento sobre las diferentes interpretaciones historiográficas sobre la naturaleza de la revolución rioplatense. La Revolución Hispánica. Las abdicaciones de Bayona y el levantamiento madrileño del 2 de abril, con sus repercusiones inmediatas en toda la península, desataron una profunda crisis de la monarquía española y con ella de todo el Antiguo Régimen. Fueron sus instituciones las que se resquebrajaron, altamente cuestionadas, y el nuevo poder que fue surgiendo sobre sus escombros lo hizo a partir de una nueva legitimidad de carácter popular nacida de la sublevación que atravesó toda la península.1 Dicha crisis se tradujo en una «situación revolucionaria antifeudal» entre 1808 y 1814, y tuvo al liberalismo como principal motor ideológico de las transformaciones, expresión de una capa social burguesa que en pleno desarrollo, al calor de esta revolución, fue conformándose en clase social.2 Ese proceso de cambios profundos, lejos de limitarse al espacio peninsular, atravesó el conjunto del imperio español, estremeciéndolo de tal manera que significó finalmente su desintegración. Hablamos entonces de una revolución hispánica, 1 Miguel Artola, Los orígenes de la España contemporánea, IEP, Madrid, 1959, p. 103. 2 «…una burguesía agraria, industrial y comercial de la emergente realidad nacional española, que sigue desarrollando su acumulación originaria de capital en buena parte a través de la explotación colonial.» Manuel Chust Calero, La cuestión nacional americana en las Cortes de Cádiz, UNED-UNAM, Valencia, 1998, p. 17. 2 en clave de François-Xavier Guerra, donde la ruptura con el antiguo régimen y la emancipación americana formaron parte de un mismo proceso dialécticamente imbricado.3 Los españoles americanos, al conocer las noticias de la invasión francesa y el cautiverio de Fernando VII, reaccionaron de manera similar a lo largo de todo el continente, solidarizándose con sus compatriotas peninsulares, y de la misma forma que las Juntas surgidas en España, utilizaron los fundamentos pactistas para constituir órganos de poder propio.4 Nacidas estas juntas entonces como reacción defensiva a las pretensiones napoleónicas, tuvieron también como fundamento, desde un primer momento, la reivindicación de igualdad de derechos con sus pares peninsulares, partiendo de una concepción piramidal y a la vez dual de la monarquía, como una nación española compuesta por dos pueblos: el europeo y el americano.5 Al otro lado del atlántico, como mencionábamos anteriormente, se fue configurando un grupo de tendencia liberal que sin llegar todavía a ser un partido, compartía un mismo cuerpo doctrinario e ideológico, objetivos comunes y una red de relaciones entre sus integrantes.6 Fueron las tertulias, los cafés y las reuniones clandestinas los lugares donde se afianzaron los lazos, convirtiéndose en verdaderos 3 «…la revolución liberal española y las independencias hispanoamericanas aparecen continuamente imbricadas en todas las fuentes… se trata de hecho de un proceso único que comienza con la irrupción de la Modernidad en una Monarquía del Antiguo Régimen, y va a desembocar en la desintegración de ese conjunto político en múltiples estados soberanos, uno de los cuales será la España actual.» FrançoisXavier Guerra, Modernidad e independencias, Mapfre, Madrid, 1992, p. 12. 4 Ambos movimientos estuvieron basados en el supuesto neoescolástico de la devolución de la soberanía a los pueblos en ausencia del rey legítimo, en Annick Lemperiere, «Revolución, Guerra Civil, Guerra de Independencia», Rev. Ayer 55, pp. 15-36. 5 François-Xavier Guerra, op. cit., p.11. 6 «En resumen se puede decir que el primer liberalismo español constituyó una amalgama de doctrinas y normas políticas que, al socaire de la invasión napoleónica, fueron planteadas, debatidas, recuperadas y/o repensadas por un reducido grupo de eclesiásticos, abogados y funcionarios que, decididos a terminar con el marasmo político-institucional que había caracterizado a la última etapa del reinado de Carlos IV, elaboraron e iniciaron la puesta en práctica (con las enormes limitaciones que la precaria situación del momento imponía) de una serie de disposiciones jurídicas que significaban una transformación radical de la política y de la sociedad españolas.», Roberto Breña, «El primer liberalismo español y la emancipación de América: tradición y reforma», Revista de Estudios Políticos (Nueva Época) N° 121. Julio-Septiembre 2003, pp. 257-289. 3 catalizadores políticos.7 En su mayoría los integrantes de este grupo eran literatos, clérigos, juristas y funcionarios, quienes se articularon en las principales ciudades españolas como Madrid, Sevilla y Cádiz.8 Fue alrededor de la figura del poeta y periodista Manuel Quintana que se nucleó el sector más dinámico del incipiente liberalismo peninsular.9 A partir del levantamiento de 1808, dicha intelectualidad revolucionaria pasó a actuar decididamente de forma pública, convencida de aprovechar la coyuntura para llevar adelante su programa.10 Era imperioso ponerse a la cabeza de ese pueblo en armas. Los puntos programáticos fundamentales fueron la soberanía nacional, el estado de derecho, la igualdad jurídica y la representación popular. Para ello se lanzaron de lleno a construir una opinión pública favorable a estas aspiraciones, a través fundamentalmente de la prensa, donde se destacó el rol del Semanario Patriótico, siendo éste el primer periódico español de carácter político. El proceso peninsular desembocó, como aspiraba el grupo liberal, en la convocatoria a Cortes Generales y Extraordinarias, con sede en la asediada ciudad de Cádiz. El 19 de marzo de 1812 la Constitución era proclamada en medio de un clima de algarabía popular. Surgía como respuesta a la profunda crisis en la que había entrado la 7 María Esther Martínez Quinteiro, Los grupos liberales antes de las Cortes de Cádiz, Narcea, Madrid, 1977, pp.15-17 8 Ibid., p. 64. 9 «Existen indicios suficientes como para asegurar que el pensamiento político liberal está ya configurado aquí antes de producirse la invasión napoleónica, y parcialmente expresado en las poesías del grupo quintaneano y, sobre todo del mismo Quintana, del que Menéndez y Pelayo dice que por entonces influía mucho como cabeza de secta.» Ibid., p. 25. Aunque no comparto completamente una afirmación tan tajante, si se puede decir que algunos de los rasgos definitorios del primer liberalismo peninsular ya circulaban entre los integrantes del grupo. 10 «Lo radicalmente nuevo es la creación de una escena pública cuando este nuevo sistema de referencias deja a los círculos privados en los que hasta entonces había estado recluido, para irrumpir en plena luz. Triunfa entonces una nueva legitimidad – la de la nación o la del pueblo soberanos-, una nueva política con actores de una clase nueva que, por primera vez pueden ser llamados políticos, en tanto que se constituyen precisamente para conquistar esa nueva legitimidad.» François-Xavier Guerra, op. cit., p.13. En similar sentido, Richard Hocquellet aporta la siguiente reflexión sobre la proliferación de periódicos políticos en estos años: «Las ideas expuestas no son nuevas en sí, formaban parte de las discutidas durante las reuniones de las élites ilustradas, en tertulias o en las sociedades económicas de los amigos del país. En 1808, salen de estos círculos reducidos para tener un alcance más grande tal como lo permite la publicación.» Richard Hocquellet, «La aparición de la opinión pública en España: una práctica fundamental para la construcción del primer liberalismo (1808-1810)», Historia Contemporánea. 2003 (II), nº 27, pp. 615-629. 4 monarquía española a partir de las abdicaciones de Bayona y la invasión francesa, pero fundamentalmente como producto genuino del proceso revolucionario que tenía como eje a la península pero que atravesaba a todo el Imperio. El parlamentarismo español nacía con diputados no sólo peninsulares; pensada como marco jurídico por el conjunto de la monarquía a ambos márgenes del Atlántico, fueron participes en su elaboración representantes de los distintos territorios americanos. Existe cierto consenso historiográfico en considerar que a pesar del variopinto componente ideológico de las Cortes –podemos diferenciar al menos 4 grupos: realistas absolutistas, realistas constitucionalistas, liberales y la diputación americana, que más allá de su heterogeneidad doctrinaria funcionaban en muchos casos como grupo en torno a las reivindicaciones del Nuevo Mundo–, el texto constitucional resultante reflejó en gran medida el ideario de la tendencia liberal. 11 Esta afirmación no niega el hecho de que la Constitución de 1812, a pesar del predominio liberal, fue fruto de una negociación con los sectores moderados y conservadores que poseían una no despreciable representación en las Cortes extraordinarias. Aun así significó ésta una clara ruptura con el Antiguo Régimen, fundamentalmente en dos de sus principios medulares: la soberanía nacional y la división de poderes. Algunas interpretaciones sobre el carácter revolucionario del proceso en la península: Miguel Artola y Karl Marx. En su célebre obra Los orígenes de la España contemporánea, Miguel Artola define a la Revolución como un ―fenómeno político que encubre una radical reorganización de la sociedad partiendo de bases y concepciones totalmente distintas a las hasta entonces existentes. Se impone con ella lo que habremos de designar como un nuevo y sugestivo modelo de vida en común. La ausencia de este proyecto innovador basta a negar la condición de tal para cuanto no es sino algarada, motín o pronunciamiento.”12 Para el autor la cadena de acontecimientos abiertos con la crisis monárquica de 1808 no sólo están inscriptos en el contexto de las revoluciones liberalburguesas de la primera mitad del siglo XIX europeo, sino que además poseen ciertas características originales y autóctonas que la hacen escapar a la condición de una mera imitación del antecedente francés. La evidente semejanza que se puede encontrar entre 11Ignacio Fernández Sarasola, «La Constitución española de 1812 y su proyección europea e iberoamericana», Fundamentos, núm. 2, Junta General del Principado de Asturias, Oviedo, 2000. 12 Miguel Artola, op. cit, p. 10. 5 los proyectos y soluciones reformistas y/o revolucionarias a la crisis, se debe, para el autor, a una realidad social preexistente que en toda Europa presenta características similares. Una amplia porción de la sociedad, el llamado Estado General, presentaba importantes contradicciones con la estructura estamental del antiguo régimen. A decir de Artola: ―El campesino aspiraba a la propiedad libre de la tierra, el industrial a la libertad de trabajo, el comerciante a la del comercio, el funcionario a la racionalización de la administración, el jurista a la unificación legal y los representantes de las profesiones liberales a una concepción racional de la sociedad.‖ 13 El levantamiento nacional iniciado el 2 de Mayo en Madrid tendrá, a juicio de los testigos de los acontecimientos, una característica común en la mayoría de las provincias: la presencia exclusiva de bajo pueblo. Gómez de Arteche dirá: ―una turba de haraposos de lo más soez y miserable inicia el pronunciamiento de Valencia‖. Pero serán las noblezas provinciales y las elites ilustradas quienes le den dirección inicial a ese movimiento. Para Artola, la publicación que le otorga al ideario revolucionario en estos primeros meses una formulación más precisa fue Los Pensamientos de un patriota español, que fundamenta los derechos del Rey ya no en la herencia o el derecho divino, sino en la implícita elección que de él hicieron los pueblos de España al levantarse contra el invasor y proclamarlo como tal. La soberanía es reubicada de esta manera en el pueblo y a partir de allí se justifica la legitimidad de las juntas populares que surgen por todo el territorio peninsular. Resuenan en dicha publicación la influencia de Rousseau y se definen los conceptos teóricos fundamentales que marcarán el programa del liberalismo hispánico: soberanía popular, representación nacional, división de poderes, derechos individuales, etc. Para Karl Marx, que escribió varios artículos sobre la Revolución Española para el New York Daily Tribune en 1854, el liberalismo peninsular, al que califica como minoritario dentro del movimiento pero de una gran influencia, tuvo que remar contra el retraso ideológico general de la gran mayoría del pueblo español, insurreccionado en buena medida para defender antiguas tradiciones y confiando aún en sectores de las 13 Ibid., p. 53. 6 clases dominantes para su representación como se expresó en la elección de las juntas provinciales.14 La Junta Central, según Marx, tenía todas las condiciones para llevar adelante una política de transformaciones profundas, contando con la deslegitimación de las viejas autoridades y una fuerte movilización popular. Pero no sólo actuó como peso muerto, sino que accionó contrarrevolucionariamente contra las posibilidades del proceso. Marx entiende que destacamento más revolucionario del movimiento se encuentra en el ejército y los guerrilleros, compuestos por elementos de la juventud patriótica española, reclutada de todas las clases sociales. Cuando hubo de celebrarse la elección de los representantes a Cortes, el movimiento revolucionario aún continuaba vivo, y fundamentalmente Cádiz –de donde provinieron los diputados suplentes– se presentaba como la ciudad más liberal del Reino, lo que favoreció que la minoría más radical obtuviera una importante participación. Pero al momento de comenzar a sesionar, ya la situación no era la misma. El núcleo revolucionario del movimiento se encontraba reducido a un aislado rincón de la Península y separado del cuerpo principal del Reino por el ejército invasor. Cuando llegó la hora de dictarse la Constitución, el pueblo español se encontraba exhausto por la guerra, pero aún así fue recibida con la esperanza de que resolviera los males que lo aquejaba. Para Marx, al no suceder esto, esa esperanza terminó convirtiéndose en decepción y luego en cólera, creando las condiciones para la feroz reacción absolutista. La revolución en el Río de la Plata En este contexto hispánico se desarrolla el proceso revolucionario en el Río de la Plata, el cual tuvo amplias repercusiones y derivas en la política, la economía, el orden social, la cultura y las relaciones internacionales del territorio que terminaría conformando Argentina. La llegada de las noticias de la caída de la Junta Central y la invasión francesa a Andalucía, sumado a la exigencia de las autoridades coloniales de rendir obediencia al nuevo Consejo de Regencia formado en España desató una crisis sin precedentes en varias ciudades americanas. Y Buenos Aires no fue la excepción. El 22 de mayo de 1810, bajo la presión de las milicias criollas, se reunió un cabildo abierto en la capital. Allí los asistentes decidieron deponer al virrey Cisneros —por haber caducado la autoridad que lo había designado—, que el cabildo asumiera el mando 14 Karl Marx, Revolución en España, Ariel, Barcelona, 1960. 7 8 del pasado sus decisiones del ―presente‖, como hombre fuerte de la política nacional. Para Mitre, la Revolución de Mayo fue producto de un plan madurado lentamente en el último período colonial, dirigida por una minoría ilustrada pero apoyada por las grandes masas. Explica su carácter inevitable por la preexistencia de una nación dotada de ideas, identidad, costumbres e intereses en común. Sería por lo tanto un movimiento separatista, antihispánico y dirigido fundamentalmente a obtener el comercio libre. Su carta programática sería la ―Representación de los hacendados‖ de Mariano Moreno. Existe también en esta interpretación, hegemónica por varias décadas, un fuerte desprecio a los caudillos y a las masas populares, a las que se las acusa de conducir al país a la barbarie y al borde de la disolución. Ricardo Levene, principal referente de la llamada Nueva Escuela Histórica, continuadores en gran medida del legado político y metodológico de Mitre, y quienes crearon las condiciones para el desarrollo de una historiografía profesional en la Argentina, planteará en su libro Ensayo histórico sobre la Revolución de Mayo y Mariano Moreno, aparecido en 1920, la concepción del proceso revolucionario como popular, federal y republicano, con la independencia como principal objetivo de los revolucionarios. Quienes entendían además que no eran necesario para lograrla reformas violentas y radicales. Para poder sostener esta tesis afirmó la apocrificidad del Plan de operaciones atribuido a Moreno. El llamado a verter arroyos de sangre y sublevar a las masas de la Banda Oriental apoyando a Artigas, poco tenían que ver con la imagen ofrecida por el historiador de Moreno y el proceso revolucionario en general.17 Una de las primeras interpretaciones de la Revolución de Mayo en clave fidelista la encontramos en la conocida Arenga de Juan Manuel de Rosas que pronunciara el 25 de mayo de 1836, donde si bien reivindica a las guerras de independencia y considera a la creación de la Junta como el primer acto de soberanía popular, sostiene que su propósito era cuidar las posesiones de Fernando VII y preservar el orden para no verse arrastrado por la crisis de la Corona, mientras culpa de la ruptura a la metrópoli por no haber reconocido su legitimidad.18 A mediados del siglo XX el historiador argentino Enrique de Gandía citará estas palabras de Rosas para afianzar su 17 Ricardo Levene, Las ideas políticas y sociales de Mariano Moreno, Emecé, Buenos Aires, 1948. 18Gaceta mercantil 25/5/43, citado en Fabio Wasserman, ―Revolución‖, en Noemí Goldman (Ed.), Lenguaje y revolución, Prometeo, Buenos Aires, 2008, p. 170 9 posición, en la cual Mariano Moreno, como se desprende de sus escritos, ―nunca concibió a la elección de Mayo como una revolución, y que tampoco soñó con la independencia. En lo único que él lucho, como español americano, fue en el logro de sus ideales demócratas y liberales.‖ Par el autor, que a partir de sus escritos podemos apreciar que identifica al concepto de revolución linealmente con el objetivo independentista, los acontecimientos de 1810 en adelante no constituyeron un revolución sino que ―fueron una guerra civil y esta guerra civil no estalló de golpe, ni la encendieron los liberales, continuadores del puro carácter democrático y liberal de España, sino de los absolutistas‖ 19 En su trabajo Mariano Moreno y la Revolución democrática argentina (1941), Rodolfo Puiggrós, escritor, periodista y militante marxista, construye un pormenorizado análisis de la Revolución de Mayo a partir de la figura de quien fuera el principal dirigente revolucionario. El autor es uno de los primeros que caracteriza la Revolución como democrática, línea que luego será retomada por los historiadores de la llamada Izquierda Nacional. Encuentra en las Invasiones Inglesas el punto de partida de este proceso, donde sectores de la elite criolla acompañados por la movilización de importantes sectores populares comienzan a recorrer un camino hacia la toma de conciencia sobre la necesidad de ruptura con el régimen colonial opresor, al que además define provisto de un carácter claramente feudal. 20 En este contexto, será el joven abogado Mariano Moreno, quien junto a otros criollos ilustrados, vaya delineando la plataforma programática que amalgamó los intereses tanto de los hacendados, de la burguesía comercial como de los sectores populares. La representación de los hacendados, según Puiggrós, ubicaba a la exigencia por el comercio libre como la reivindicación económica principal por la cual se articulaban los distintos sectores sociales disconformes con el régimen colonial. De esta manera, el autor postula la necesidad histórica del desarrollo capitalista en el Río de la Plata y que sólo a partir de una Revolución Democrático-Burguesa se podían sentar las bases para su eclosión El reaseguro para Puiggrós de que el rumbo del proceso se encaminara a satisfacer las necesidades de la mayoría y de que cumpliera con sus objetivos 19 Enrique de Gandía, Las ideas políticas de Mariano Moreno. Autenticidad del plan que le es atribuido, Buenos Aires, Peuser, 1946. 20Rodolfo Puiggrós, “Mariano Moreno y la Revolución democrática argentina”, Buenos Aires, Problemas, 1941, pp. 8-13. 10 democratizadores, estaba depositado en la conducción revolucionaria de Mariano Moreno y sus seguidores. Éstos encarnaban un proyecto donde el rol de la movilización de las masas buscaría contrarrestar las maniobras de burgueses y terratenientes, interesados en no modificar sustancialmente el orden social establecido. La inicial ―amistad‖ con Inglaterra así como la declaración de fidelidad al rey Fernando VII son, para el autor, tácticas de un complejo plan que buscaba la liberación definitiva de las Provincias Unidas. Puiggrós concluye finalmente que, debido a la ausencia de una clase revolucionaria constituida orgánicamente, el proyecto revolucionario ya para el año XII naufraga en la impotencia, y se van sentando las bases de la dependencia económica y política del país. La ―faccion rivadaviana‖, ligada a los intereses británicos y la oligarquía local, comienzan a desplazar al grupo morenista. Posteriormente serán los caudillos los que volverán a expresar el programa revolucionario, pero la ausencia de dirigentes como Moreno los dejará huérfanos de una política estratégica. Para el autor entonces, la Revolución de Mayo fue una revolución democrática burguesa fracasada, debido tanto a la falta de desarrollo de las fuerzas materiales para la instauración del orden capitalista como a la ausencia de una clase social que la pudiera llevar adelante plenamente. No obstante, aunque fracasó en su meta de crear esas condiciones para el desarrollo plenamente capitalista, constituyó un proceso revolucionario en tanto que hay una alteración de las relaciones de clase de la sociedad colonial. Luego de un comienzo historiográfico muy cercano al revisionismo tradicional, Jorge Abelardo Ramos se distancia de varios de sus presupuestos, y se constituye en uno de los referentes iniciales de la corriente historiográfica llamada como Revisionismo Socialista. En Revolución y Contrarrevolución en Argentina (1957) postulará que las revoluciones americanas no fueron otra cosa que prolongaciones del conflicto que transcurría en España. Los revolucionarios criollos no luchaban contra la España toda, sino contra la absolutista. 21 Entiende que Moreno expresa la corriente más avanzada de la España en armas, pero que sus fuertes raíces nacionales lo hacen aun más radical que sus maestros liberales peninsulares. El autor define la existencia de tres grupos políticos disputando el poder rioplatense: el morenismo, los comerciantes monopólicos encabezados por Álzaga y los comerciantes y hacendados librecambistas y pro-británicos con Saavedra y luego Rivadavia como referentes. 21 Jorge Abelardo Ramos, “Revolución y Contrarrevolución en Argentina”, Tomo I, Buenos Aires, Distal, 1999. 11 Caracteriza al Plan de Operaciones como el programa de la revolución sofocada. Un programa militar, político, económico que establecía el más duro rigor para con los enemigos de la revolución y diseñaba una política de expropiación a las grandes fortunas y la construcción de un estado fuerte. Al igual que Puiggrós, ve como una táctica la alianza pregonada por Mariano Moreno con Inglaterra, pero a diferencia de éste es sumamente crítico con el librecambismo, impugnándole el rol de garantía de desarrollo económico de Argentina, sino por el contrario lo caracteriza como la raíz de la dependencia crónica de nuestro país. Finalmente concluye que el hecho de que el jacobinismo revolucionario de Moreno careciera de base material por la inexistencia de una burguesía industrial nacional, fue un factor determinante de su rápida caída. En su libro Antes de Mayo. Formas sociales del trasplante español al nuevo mundo (1973), el historiador marxista argentino Milcíades Peña caracteriza a las revoluciones independentistas como procesos meramente políticos, que no tuvieron impacto en un cambio de la estructura socio-económica de las colonias. Apenas se expropió el gobierno a la burocracia española, tanto la oligarquía terrateniente como la burguesía comercial continuaron siendo la clase dominante de la sociedad rioplatense. El objetivo de estas era contar con un estado propio, y la conclusión independentista sólo fue producto de la resistencia del aparato español. Por otro lado el autor no le brinda un lugar significativo a la lucha entre librecambistas y monopolistas. 22 Peña no encuentra una relación directa entre las revoluciones americanas y las revoluciones europeas. Parte de la afirmación de que la Revolución de Mayo no fue de ninguna manera una revolución democrático-burguesa. Y lo fundamenta a partir de que, por un lado, no encuentra ninguna burguesía nacional que la llevara adelante, existiendo en el Río de la Plata de 1810, sólo una burguesía comercial claramente antinacional. El otro sector dominante, los terratenientes, son enemigos objetivos de cualquier revolución de este tipo. Por otro lado, la teoría de la revolución democrático-burguesa necesita de la participación popular pero el movimiento de masas, si es que existía, rara vez coincidió con los intereses de las clases dominantes que enfrentaban a la metrópolis. Plantear un adhesión popular significativa, es para el autor una fantasía populista. Sostiene que las masas sólo se involucran en la lucha debido a su situación económica, 22 Milcíades Peña, “Antes de mayo. Formas sociales del trasplante español al nuevo mundo”, Buenos Aires, Ediciones Fichas, 1973, pp. 75-78. 12 de ninguna manera por cuestiones nacionales. La independencia y el librecambio con Inglaterra sólo contrajo mayor miseria para las mayorías, invalidando de esta manera cualquier entusiasmo de éstas por las luchas emancipatorias. El autor caracteriza al extremismo de Mariano Moreno como expresión de la ambición de la pequeña burguesía profesional por ocupar lugares importantes en el estado, y lo entiende como un lúcido intérprete de la oligarquía criolla que quería barrer a la burocracia virreinal. No encuentra, ni una clase social ni ninguna facción política, con posibilidades y objetivos conscientes de transformación revolucionaria de la sociedad colonial. Incluimos en esta revisión historiográfica al historiador marxista Manfred Kossok, que a pesar de su origen alemán, dedicó una parte de sus trabajos al estudio del Virreinato del Rio de la Plata en el marco de sus investigaciones dirigidas a conocer en profundidad el proceso de las revoluciones burguesas a nivel mundial. Kossov concibe por lo tanto al proceso de independencia americano en ese marco explicativo, partiendo de la caracterización de la formación social americana de feudal. En el caso rioplatense, para el autor, la consolidación de Buenos Aires como un centro mercantil y la debilidad del sistema feudal en comparación con las regiones centrales de las colonias americanas, hicieron que las tendencias burguesas se expresaran con mayor claridad que en otras partes del continente. La revolución fue encabezada por una alianza entre la burguesía terrateniente y la burguesía mercantil criolla con el objetivo de romper el vínculo colonial y así ingresar en un contacto más directo con el mercado mundial capitalista. El historiador reconoce las limitaciones de ambas clases sociales, que redujeron las transformaciones al adueñamiento del poder político y la liberalización comercial. La ausencia de un sector burgués manufacturero impidió un desarrollo económico y social completo, asignándoles ―el papel de comprador y asociado menor de los intereses económicos del capital extranjero.‖ 23 Cerramos este apartado con el historiador quizás más influyente de los últimos 50 años de la historiografía argentina. En Revolución y Guerra (1972) Tulio Halperin Donghi identifica a los efectos disruptivos de la militarización iniciada en 1806 y el peso de la crisis de la monarquía ibérica como las causas desencadenantes del proceso revolucionario rioplatense. A partir de estos sucesos, sectores antes secundarios de la 23 Manfred Kossok, El Virreinato del Rio de la Plata, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986. 13 elite aumentan su influencia y se produce una politización creciente de la sociedad. El autor sostiene que el gobierno revolucionario busca conservar el estilo autoritario de la colonia e incluso no cuestiona las diferencias sociales heredadas del periodo tardocolonial sino que las retoma. Pero a pesar de ello, no suscribe la tesis de que la Revolución de Mayo es meramente un desplazamiento del aparato estatal de un sector de la elite por otro. La desestructuración económica del antiguo espacio virreinal generada de la pérdida de las minas del Alto Perú, la valorización de las áreas rurales producto de una plena incorporación al mercado mundial y la creciente delegación de funciones del estado central a poderes locales de base rural producirán transformaciones estructurales, visibles claramente a partir de 1820 y destinadas a perdurar en el largo plazo. ¿Revolución o no? Algunas consideraciones. Las revoluciones de independencias fueron parte de una gran revolución de carácter fundamentalmente político que vivió el mundo hispánico, y que está enmarcada a su vez en el proceso revolucionario liberal-burgués que recorría gran parte del globo, que tuvo a las revoluciones norteamericanas y francesas como sus hitos iniciales. Sin desconocer la existencia de fuertes continuidades en las estructuras económico-sociales, las transformaciones en el ámbito político fueron de tal dimensión que trastocaron para siempre la realidad hispanoamericana, estableciendo nuevas relaciones de poder con la afirmación de las elites hispano-criollas y un nuevo orden político de corte liberal, inaugurando una nueva etapa que culminó con la formación y consolidación de los estado-nación al finalizar el siglo XIX. Para los propios protagonistas se trataba de algo más trascendente que un mero cambio institucional, la revolución debía ser una transformación profunda en el orden político, social, moral y cultural, comenzando por ilustrar al pueblo en lo que eran sus legítimos y naturales derechos. Para los sectores más radicales el concepto de revolución iba asociado a otros como patria, libertad, independencia y justicia en oposición a tiranía y despotismo.24 La crisis de la monarquía católica y las revoluciones de independencia estuvieron acompañadas de la irrupción de un nuevo lenguaje político y alteraciones en la concepción filosófica del poder político, la soberanía y la naturaleza humana. Son importantes también para entender el proceso, las fuertes alteraciones 24 Fabio Wasserman, op. cit., p. 162. 14 ocurridas en el plano de las prácticas políticas como resultado de la emergencia de nuevos ámbitos de sociabilidad y sujetos políticos. Algunos historiadores impugnan aún el carácter político de la revolución. Consideran que el origen histórico de los argumentos que legitimaron el movimiento juntista y la calidad social de los dirigentes desnuda sus fuertes raíces tradicionales.25 Sostienen que, por ejemplo, la figura del pacto de sujeción- con su contrapartida en la reasunción de la soberanía en el pueblo, o del derecho de rebelión- es muy anterior al siglo XIX y que efectivamente pertenece a buena parte de la Escolástica ya desde la Edad Media. La pregunta que debemos hacernos es si se puede negar el carácter revolucionario a un movimiento por el hecho de apoyarse en doctrinas de carácter ―tradicional‖. Considero que, como plantea Chiaramonte, sería un error dejarse llevar por estas premisas, y que el carácter revolucionario de los ocurrido de 1808 en adelante se explica no por la denominación de origen de las doctrinas utilizadas sino por el contexto histórico en que se las utiliza y el resultado obtenido. 26 En lo que refiere a las estructuras económicas los cambios fueron más graduados y menos claros. La crisis imperial y la ruptura de los territorios americanos con la metrópoli se tradujeron en una crisis del sistema minero colonial, lo que afectó lógicamente al conjunto de las economías articuladas alrededor de él, provistas de poderosos mercados interiores. Los cambios en el mercado mundial, debidos a la revolución industrial y las mejoras en el trasporte, venían hace tiempo erosionando este sistema. Al producirse la crisis, las regiones que salieron más beneficiados fueron las periféricas y fundamentalmente las portuarias, que gozaron de un fuerte ―progreso‖ económico insertándose de manera plena en el mercado internacional al contar con un fácil acceso y poseer los recursos demandados por las países del norte. A mediano plazo se produjo un desplazamiento radical del eje económico americano. 27 A pesar de estas significativas transformaciones no podemos afirmar que esto se trató en el plano económico de una revolución, las relaciones sociales de producción no fueron alteradas sustancialmente en la mayor parte de América. En términos sociales, 25 Es el caso por ejemplo del historiador español de la Universidad de Navarra, Martínez de Velasco en su obra La formación de la Junta Central, Pamplona, Universidad de Navarra, 1972. 26 José Carlos Chiaramonte, Las dimensiones de las revoluciones por la independencia‖, Revista Ciencia y Cultura, La Paz, 2009, p. 294. 27 Jorge Gelman, en Manuel Chust (ed.), Las independencias iberoamericanas en su laberinto. Controversias, cuestiones, interpretaciones, Valencia,Universitat de Valéncia, 2010, p. 179. 15 las masas populares en general no recibieron mejoras sustanciales en sus condiciones de vida. Existieron claras continuidades en la explotación del indígena con mecanismos similares a la colonia. El grueso de la población, mayoritariamente rural, seguiría pobre, subordinada y analfabeta a lo largo del continente. La abolición gradual de la esclavitud, comenzada en los primeros años revolucionarios, constituya quizás el aspecto más disruptivo en el plano social. Un aspecto discutido: la participación popular. A decir de Clément Thibaud como fenómeno central del proceso independentista, la guerra pone a la sociedad en ebullición, la guerra crea revolución: aparecen nuevos actores, nuevas jerarquías, mientras que se derrumban los equilibrios existentes.28 La militarización y movilización implicaron experiencias de politización popular inéditas. La crisis metropolitana, además de generalizar la vigencia de un principio de legitimidad como es la retroversión de la soberanía, un modo de institucionalizarlo como fue el juntismo, y diferentes vertientes ideológicas y lenguajes políticos como el liberalismo, generalizó también un formato de acción colectiva política que tuvo un papel central en la ―eclosión juntera‖ como fueron las experiencias tumultuarias. También es de resaltar, la importancia que cobró la guerra de guerrilla tanto en la península como en los insurgentes territorios americanos. El proceso revolucionario aparece signado a ambos lados del atlántico por estas nuevas formas de acción colectiva popular, pero que a su vez adquieren necesariamente caracteres locales, debido a la heterogeneidad étnica y cultural de los distintos conglomerados populares y al entrelazamiento con tradiciones de movilización preexistente.29 Es sabido que los sectores subalternos- tanto la plebe de las ciudades como las comunidades indígenas rurales o la población negra- se enrolaron en ambas trincheras durante el proceso de independencias. Pero esto no nos permite asumir que la causa patriota o realista les diera lo mismo, y que sólo fueron arrastrados al conflicto por levas forzosas o relaciones clientelares. Más allá de los motivos ideológicos explícitos o mecanismos de reclutamiento, varios estudios recientes nos sugieren que la movilización popular obedeció en ocasiones a expectativas de cambios profundas y tuvo 28 Clément Thibaud en Manuel Chust (ed.), Las independencias iberoamericanas en su laberinto. Controversias, cuestiones, interpretaciones, Valencia,Universitat de Valéncia, 2010, pp. 209-210. 29 Raúl O. Fradkin, ―La acción colectiva popular en los siglos XVIII y XIX: modalidades, experiencias, tradiciones‖, Nuevo Mundo Mundos Nuevos [En línea], Debates, 2010. 16 un trascendente impacto en el desmantelamiento de la sociedad del Antiguo Régimen.30 El reclutamiento voluntario o coactivo, el patriotismo como ingrediente ideológico de cohesión y el desplazamiento territorial representaron un laboratorio de redefinición política tan relevante como el asociacionismo y la cultura impresa para la élite.31 El nacimiento de la participación política popular en el Rio de la Plata ocurrió con motivo de la resistencia a las invasiones inglesas a Buenos Aires en agosto de 1806. La participación decisiva del ―populacho‖ en la reconquista iba a traducirse luego en la creación inmediata de cuerpos milicianos que terminaron involucrando a la mayoría de los hombres porteños y que resultaron decisivas para la derrota de la segunda invasión al año siguiente. Tras este bautismo de fuego no se desarmaron, constituyéndose como plantea Halperín Donghi, en un actor de gran peso político en la capital del virreinato, fortaleciendo además lazos entre la oficialidad proveniente de las elites y la tropa, predominantemente plebeya, dado que esta elegía a aquellos por votación. 32 En mayo de 1810, la movilización de alrededor de unas mil personas convocada por los agitadores partidarios de la remoción de las autoridades, fue fundamental para generar la presión necesaria que obtuvo la apertura del cabildo abierto que decidió el desplazamiento del virrey la constitución de una Junta autónoma bajo el principio de retroversión de la soberanía a los pueblos. El ―bajo pueblo‖ reaparecerá de forma masiva en las jornadas del 5 y 6 de abril movilizados esta vez por los sectores más moderados con el objetivo de desplazar de forma definitiva del gobierno a los resabios del morenismo que aún permanecían en él. La movilización de los ―orilleros‖ igualmente respondía a un pliego y convocatoria hecha por los alcaldes de barrio, que hacía referencia a varias de las reivindicaciones sociales de los postergados de la ciudad. La intervención popular en las luchas facciosas conducidas por las elites se repetirá en el primer lustro revolucionario. En septiembre de 1811 y octubre de 1812 se producirán nuevamente importantes concentraciones en la Plaza de la Victoria frente al Cabildo, con acompañamiento de tropa. En la segunda de estas fechas, es la Logia Lautaro la que la impulsa y dirige, haciéndose con el control de 30 Sergio Serulnikov, ―En torno a los actores, la política y el orden social en la independencia hispanoamericana‖, Nuevo Mundo Mundos Nuevos [En línea], Debates, 2010. 31 Beatriz Bragoni, en Manuel Chust (ed.), Las independencias iberoamericanas en su laberinto. Controversias, cuestiones, interpretaciones, Valencia,Universitat de Valéncia, 2010, p. 89. 32 Tulio Halperín Donghi, ―Militarización revolucionaria en Buenos Aires, 1806-1815‖, en El ocaso del orden colonial en Hispanoamérica, Buenos Aires, Sudamericana, 1978. 17 la revolución. Más adelante y bajo la égida del alvearismo buscará terminar con el peso de la calle y la movilización popular, estrechando la participación política hacia el interior de la elite. 33 En un trabajo que ya tiene un par de décadas, Pilar González Bernaldo se pregunta por qué a pesar de que el proceso revolucionario rioplatense estuvo acompañado de una mutación de las formas de sociabilidad política no terminó de generar el desarrollo de sociedades populares al estilo de lo sucedido en el caso francés. La autora considera que la sociabilidad política asociativa solo concentró a un reducido sector de la élite, mientras que la politización de los sectores populares se realizó fundamentalmente a través de la guerra.34 González Bernaldo concluye que para el caso de Buenos Aires en particular, la ―militancia revolucionaria‖ no se sirvió de la sociabilidad popular como base para una participación política masiva, sino que utilizó las formas de sociabilidad que definían las élites, para una acción política que se quería radical. Y probablemente éstas sean las razones que inhibieron las posibilidades reales de esta primera tentativa democrática. El Plan de operaciones. El Plan de la Revolución inconclusa. La definición de Juan Bautista Alberdi ―la Revolución de Mayo es un momento de la Revolución Española‖ resulta valiosa para explicar el curso que toma el proceso a partir del 25 de mayo. Se trata de un movimiento democrático, anti-absolutista, que integra el proceso revolucionario desatado por la débil burguesía española. No existe burguesía manufacturera en el Río de la Plata -dado el bajo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas- capaz de liderar por sí misma este cambio. Existe sí, una burguesía comercial ansiosa de lograr el libre-comercio para vincularse con el mercado mundial pero incapaz de llevar adelante un proceso de desarrollo capitalista profundo y autónomo. Los planteos más radicales y la firme conducción inicial del proceso provendrá de un pequeño grupo conformado principalmente por jóvenes de profesiones liberales, formados al calor de las ideas ilustradas y el liberalismo revolucionario, de las 33 Gabriel Di Meglio, ―La participación política popular en la ciudad de Buenos Aires durante el siglo XIX. Algunas claves‖, Nuevo Mundo Mundos Nuevos [En línea], Debates, 2010. 34 Pilar González Bernaldo, “La Revolución Francesa y la emergencia de nuevas prácticas de la política: La irrupción de la sociabilidad política en el Río de la Plata (1810-1815)”, Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr E. Ravignani”, III serie, n. 3, 1991, pp. 7-27. 18 nuevas prácticas políticas, la prensa y las asociacionismo, pero que no puede por sí misma tampoco, impulsar las nuevas relaciones de producción capitalistas para concluir con el antiguo régimen, desarrollar la explotación de los recursos naturales, crear el mercado interno, trazar comunicaciones, etc. 35 Como queda claro en el Plan de Operaciones, encomendado para su redacción al Secretario de la Primera Junta a menos de un mes de la insurrección, el morenismo comprende que el rol de esa burguesía manufacturera inexistente debe ser reemplazado por la acción decidida de un Estado revolucionario.36 El Plan traza los objetivos generales que persigue la Revolución y analiza la manera de instrumentarlos, tanto en los órdenes político y económico como en materia de política exterior. En lo político, el Plan va dirigido a aniquilar al absolutismo, consolidando el poder en manos de los revolucionarios y a extender su influencia en América. Para ello, sostiene la necesidad de aplicar medidas drásticas: “…reformemos los abusos corrompidos y póngase en circulación la sangre del cuerpo social extenuada por los antiguos déspotas y de este modo se establecerá la santa libertad de la Patria. Y así no debe escandalizar el sentido de mis voces, de cortar cabezas, verter sangre y sacrificar a toda costa (…) Y si no, ¿por qué nos pintan a la libertad ciega y armada de un puñal? Porque ningún Estado envejecido o provincias puede regenerarse, ni cortar sus corrompidos abusos sin verter arroyos de sangre”37 . La deportación del Virrey, la propuesta de ajusticiar a los miembros de la Audiencia, el fusilamiento de Liniers, y las instrucciones a Castelli que concluyen con el fusilamiento de Paula Sanz, Nieto y Córdova constituyen la aplicación del jacobinismo morenista en sus siete meses de gobierno, de mayo a diciembre. Pero es en el aspecto económico donde el Plan asombra por su carácter avanzado: ―Se pondrá la máquina del Estado en un orden de industrias, lo que facilitará la subsistencia de miles de individuos‖. Alrededor de 200 o 300 millones de pesos serán ―empleados, poniéndolos en el centro mismo del Estado, para desarrollar fábricas, 35 Norberto Galasso, Mariano Moreno, el sabiecito del Sur, Buenos Aires, Colihue, 2004. 36 Sin ese Plan de Operaciones, la revolución queda vaciada de contenido. En su momento fue extraviado por Mitre, mientras que Paul Groussac y Ricardo Levene se esforzaron por descalificarlo, considerarlo apócrifo, negarlo de toda forma. Una larga polémica se trabó alrededor del Plan. Norberto Piñero, Rodolfo Puiggrós y otros lo defendieron, hasta que finalmente Enrique Ruiz Guiñazú sacó a relucir dos cartas –de la princesa Carlota y de Fernando VII– donde se alude ―al plan perverso‖ de los revolucionarios. 37 Mariano Moreno, ―Plan de Operaciones‖, en Piñero, N., Escritos políticos y económicos de Mariano Moreno, Talleres Rosso, Bs. As., 1937. 19 artes, ingenios, y demás establecimientos, como así en agricultura, navegación, etc.‖. El capital para llevar adelante esa inversión surgiría, para Moreno, de una fuerte expropiación a los empresarios-mineros del Alto Perú. “Esto descontentará a cinco o seis mil individuos pero las ventajas habrán de recaer sobre ochenta mil o cien mil”.38 El Plan fija, asimismo, prohibición absoluta a los particulares para trabajar minas de plata y oro, creación de una empresa nacional de seguros y la limitación de importaciones suntuarias. Se define, contra el comercio libre sin aranceles aduaneros, que ―ha arruinado y destruido los canales de la felicidad pública por la concesión a los ingleses‖. Los avances logrados durante el período en que Moreno maneja autoritariamente el gobierno resultan de gran importancia, especialmente si se advierten las debilidades congénitas de la Revolución. La reacción es sofocada enérgicamente. En el Alto Perú, Castelli le da certeros golpes al absolutismo local y entabla relaciones con las comunidades indígenas, mientras Chile da su grito de libertad, y en la Banda Oriental se tejen relaciones con Gervasio Artigas, que Moreno señala en el Plan como indispensable para expandir la revolución. 39 Sin embargo, Moreno carece del tiempo para consolidar sus fuerzas. La mayor parte de la Junta lo apoya, pero tanto la burguesía comercial porteña, como algunas fuerzas reaccionarias del interior –el obispo Molina de Cuyo por ejemplo–, trenzan vínculos con el grupo más moderado de las fuerzas armadas que se expresa en Saavedra, esa alianza lo acorrala en diciembre de 1810, justamente cuando sus dos hombres de confianza –Castelli y Belgrano– se hallan al mando de tropa pero a muchos kilómetros de distancia, y terminan obligándolo a dar un paso al costado, optando este por encabezar una misión diplomática en Londres, que no alcanzará a cumplir porque morirá en altamar. El desplazamiento del resto del morenismo del poder se produce apenas un mes más tarde de la muerte del mismo Moreno, en las jornadas del 5 y 6 de abril de 1811. Saavedra, en carta a Viamonte, explica, poco después, los motivos profundos de su 38 Después agrega: ―¿Qué obstáculos pueden impedir al gobierno, luego de consolidar el Estado sobre bases fijas y estables, para no adoptar unas providencias que aún cuando parecen duras para una pequeña parte de individuos, por la extorsión que pueda causarse a cinco o seis mil mineros, aparecen después las ventajas públicas que resultan con la fomentación de las fábricas, artes, ingenios y demás establecimientos a favor del Estado y de los individuos que las ocupan en sus trabajos”. 39 Norberto Galasso, op. cit. 20 enfrentamiento con la facción revolucionaria del movimiento: ―¿Consiste acaso -la felicidad general- en adoptar la más grosera e impolítica democracia? ¿Consiste en que los hombres hagan impunemente lo que su capricho o su ambición le sugieren? ¿Consiste en atropellar a todo lo europeo, apoderarse de sus bienes, matarlo, acabarlo y exterminarlo? Consiste en llevar adelante el sistema de terror que principió a asomar? ¿Consiste en la libertad de religión y en decir con toda franqueza (como uno de su mayor respeto y confianza) me … en Dios y hago lo que quiero? Si en esto consiste tratar de la felicidad general, desde luego confieso que ni la actual Junta provisoria, ni su presidente, tratan de ella y tampoco tratarán mientras les dure el mando‖ 40 Del conjunto de regiones americanas que, a partir de conocerse los acontecimientos peninsulares, habían depuesto a las autoridades coloniales reivindicando su derecho a levantar juntas propias, el Río de la Plata era el único territorio que hacia fines de 1812 no había vuelto a manos de la reacción realista. Y aún en estas condiciones continentales adversas, la revolución rioplatense renovará sus bríos cuando el sector más radical de la elite dirigente recupere el control del estado derrocando al Primer Triunvirato en la decisiva jornada del 8 de octubre de ese año. La Sociedad Patriótica y la Logia Lautaro, ya ambas en franco proceso de fusión, buscaron encarrilar nuevamente el proceso hacia los objetivos libertarios e hispanoamericanos iniciales, proclamándose como la continuación genuina de la tradición revolucionaria morenista. 41 La llegada de Bernardo de Monteagudo a la capital por un lado, reorganizando a los desperdigados miembros del morenismo y convirtiéndose en el ―ego conductor‖ de la Sociedad Patriótica, más el desembarco de los oficiales San Martin, Zapiola y Alvear, y con ellos de la Logia Lautaro en América, habían dinamizado a la corriente más revolucionaria del proceso.42 Desde diciembre de 1811, cuando Monteagudo se sumaba como redactor de la Gazeta, la Sociedad Patriótica y la Logia Lautaro habían ido socavando la autoridad del Primer Triunvirato, cuestionando su falta de voluntad política para la convocatoria a un congreso constituyente mientras abogaban por la urgente declaración de la independencia. En la ―Oración inaugural‖ de la Sociedad Patriótica, Monteagudo proclamó que ―la soberanía reside en el pueblo y la 40 Carta de Cornelio Saavedra a J. J. Viamonte, 27/06/1811. 41 Tulio Halperín Donghi, op. cit., p. 227. 42 Eugenia Molina, ―Las modernas prácticas asociativas como ámbitos de definición de lazos y objetivos políticos durante el proceso revolucionario (1810-1820)‖, Revista Universum, n. 16, 2001, pp 407-437. 21 autoridad de las leyes‖, que ―la voluntad general es la única fuente de donde emana la sanción de éstas y el poder de los magistrados‖.43 Pero este nuevo intento de encauzar la revolución a sus objetivos libertarios encontrará su talón de Aquiles en las disputas de la facción revolucionaria porteña con el artiguismo. Los enfrentamientos, que se profundizarán a partir de la Asamblea del Año XIII, condenarán la posibilidad de desarrollo de la opción revolucionaria para el Río de la Plata. El igualitarismo social, la ―democracia tumultuosa‖ y los planteos confederacionistas que encarnaba el proyecto de Artigas, eran demasiado radicales para un morenismo que, con la conducción de Alvear, ya no era el mismo que en sus primeros pasos.44 Tulio Halperín Donghi considera que para 1815 se cierra el ―primer ciclo revolucionario‖ en Buenos Aires, con la pérdida de poder de los sectores más radicalizados y una impronta más conservadora del gobierno de allí en adelante. Varios de los morenistas desterrados -como el mismo Monteagudo- continuarán su vida política enrolados en la gesta sanmartiniana. A manera de conclusión Para concluir, y retomando nuevamente la consigna del trabajo, considero que los primeros años de la revolución rioplatense, bajo la firme dirección del grupo morenista, corresponden a esos objetivos democráticos y libertarios de la gran revolución que vivió el mundo hispánico y que tuvo a los planes emancipadores sanmartinianos y bolivarianos como sus proyectos más audaces en el continente americano. Entiendo entonces que las revoluciones de independencias, a pesar de las la existencia de fuertes continuidades en las estructuras económico-sociales, formaron parte del proceso revolucionario liberal-burgués que recorría gran parte del globo, siendo las transformaciones en el ámbito político de tal dimensión que, como dijimos anteriormente, trastocaron para siempre la realidad hispanoamericana. 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